La reforma de la Policía Nacional

El Gobierno debe tener muy claro que para la reforma policial rinda frutos, debe tocar un problema de fondo: La desintegración de los grupos internos en el cuerpo policial.

El Gobierno se ha propuesto reformar la Policía Nacional, como parte de su Plan Nacional de Seguridad.

El proyecto, que entre otras cosas plantea cambiar la figura del “jefe” por la de un “director”, ya ha encontrado resistencia dentro del propio Gobierno.

En efecto, los sectores más derechistas y conservadores no simpatizan con la idea de cambiar la Policía Nacional, como si todo estuviera operando a la perfección y no se requiriera ninguna reforma.

Tampoco desean que se toque a la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD), cuerpo que ha devenido en una especie de isla autónoma dentro de las filas policiales.

Esas redes internas en la Policía Nacional no sólo reparten favores a favor de unos y mantienen relegados a otros, sino que se agencian poder e influencia cultivando relaciones en los ámbitos de la política partidista y de sectores de poder económico

Hay otras voces críticas respecto al proyecto de ley, pero no de quienes se oponen a la reforma por la reforma, sino que apuestan por cambios más profundos y menos formales, que toquen desde la formación de los agentes policiales hasta su entrenamiento, su paga y su colaboración con el Ministerio Público, instancia a la cual debe estar supeditada la Policía Nacional.

El Gobierno debe tener muy claro que para la reforma policial rinda frutos, debe tocar un problema de fondo: La desintegración de los grupos internos en el cuerpo policial.

Estos grupos nada tienen que ver la ley ni con la labor que corresponde a los agentes policiales y a sus oficiales superiores.

Durante años se han comportado como verdaderas mafias, decidiendo quién asciende y quién no asciende en la que se supone debe ser una carrera basada en los méritos por el servicio.

Esas redes internas en la Policía Nacional no sólo reparten favores a unos y mantienen relegados a otros, sino que se agencian poder e influencia cultivando relaciones en los ámbitos de la política partidista y de sectores de poder económico y social.

Este es un secreto a voces, y ningún gobierno ha querido cambiar esa realidad que impide el desarrollo de una policía profesional, que sea menos proclive al tráfico de influencia, a la corrupción y a la imposición de grupos sobre los méritos de muchos excelentes profesionales policiales que nunca logran ascender a pesar de sus méritos y su honestidad.